La verdad médica sobre la pausa de hidratación
Tres minutos que paran el mundo (y el partido)
Hoy ya nos es familiar, pero los primeros días de Mundial nos encontramos con esta situación:
Minuto 22-23 (o 67-68). El partido está en su momento álgido, los dos equipos están en medio de un reparto de golpes, o incluso peor, uno de los equipos tiene contra las cuerdas al otro y el gol está más cerca que nunca… y de repente el árbitro pita. No hay falta. No hay fuera de juego. No hay nada. ¡La pausa de hidratación!
Los jugadores van hacia el banquillo, cogen los botellines de agua (o bebidas isotónicas), se echan agua por encima y vuelven dos minutos después (en este rato el staff técnico ha aprovechado para comentar toda una retahíla de instrucciones para modificar el contexto del partido).
En casa, millones de aficionados se preguntan qué acaba de pasar mientras la señal de TV cambia de las cámaras del partido a un anuncio, por lo general, de apuestas deportivas o similares…
El calor es real, y los números asustan
La pausa de hidratación es una novedad obligatoria para los 104 partidos del Mundial 2026. Una pausa de hasta tres minutos en el minuto 22 de cada parte, sin excepciones: con techo, sin techo, en un estadio refrigerado de Dallas o en el Estadio Monterrey al aire libre bajo 38º C. La FIFA ha impuesto la normativa de forma universal, y si uno mira los datos, entiende por qué.
Dallas, Houston, Miami, Monterrey: estas ciudades registran de forma habitual temperaturas de bulbo húmedo (WBGT) superiores a 28° C durante las tardes de junio y julio. En las peores condiciones —Monterrey en tarde de verano— los valores superan los 32° C, un umbral que fisiológicamente desencadena una cascada de problemas, si además añadimos la ola de calor en la que nos vemos inmersos estos días.
Un futbolista profesional puede perder más de cuatro litros de fluido por hora en estrés térmico severo. Y cuando la pérdida supera el 2% del peso corporal, la evidencia es clara: baja el rendimiento aeróbico, se enlentece el tiempo de reacción, se deteriora la toma de decisiones y aumenta el riesgo de lesión muscular. En un deporte donde los milisegundos lo cambian todo, eso no es un detalle menor.

¿Tres minutos son suficientes?
Aquí es donde la medida empieza a mostrar sus costuras. Los tres minutos permiten rehidratarse, recibir electrolitos, aplicar hielo en cuello y muñecas para bajar la percepción de calor, y recibir instrucciones del entrenador.
Pero desde el punto de vista fisiológico puro, son insuficientes para reducir la temperatura central de forma significativa.
Algunos científicos han sido directos al respecto: tres minutos “no son nada” cuando el cuerpo lleva 22 minutos termorregulando bajo estrés. La medida mitiga, no soluciona.
Y si ya resulta discutible en condiciones de calor extremo, en estadios cerrados o climatizados como el AT&T de Arlington (Dallas) o el NRG de Houston, la justificación fisiológica prácticamente desaparece. Virgil van Dijk lo dijo abiertamente después del partido de Países Bajos contra Japón: “No entiendo para qué sirve si estamos en un estadio climatizado”.
El seleccionador noruego Solbakken fue aún más directo: “Es innecesario”. Luis de la Fuente reconoció que tiene sentido bajo calor extremo, pero no en un campo a 21 grados.
El riesgo latente que no se menciona: el parón en el minuto 22
Como traumatólogo deportivo hay algo que me genera más dudas que el calor: el parón brusco. El músculo lleva 22 minutos en plena carga, caliente y en tensión activa. Si el jugador simplemente se detiene, bebe y vuelve a arrancar a máxima intensidad sin una activación de mantenimiento adecuada, ese cambio abrupto de temperatura muscular y tensión puede ser un momento delicado.
Es la misma lógica que aplicamos cuando interrumpimos un calentamiento: el músculo frío o “enfriado” que vuelve al sprint tiene más riesgo de lesión. Los equipos de élite con buenos preparadores físicos ya lo gestionan con dinámicas activas durante la pausa, pero el riesgo existe. Y en ese riesgo puede estar la diferencia.

¿Salud o negocio?
No se puede ignorar el elefante en la sala. Y en eso los estadounidenses son los mejores, véase la organización de la Super Bowl. Tres minutos organizados y predecibles en el minuto 22 de cada parte con los espectadores pendientes del juego, son un espacio publicitario garantizado en cada partido del mayor evento deportivo del mundo (con permiso de la Super Bowl, siempre según los estadounidenses).
La FIFA ha generado y aceptado 104 partidos × 3 pausas = más de 300 ventanas comerciales adicionales. Algunos jugadores lo han señalado, los aficionados lo sospechan. Pero ¿deslegitima la medida? No necesariamente. Que una medida sea rentable no la hace inválida.
En mi humilde opinión, la pausa de hidratación es una herramienta válida y necesaria en partidos con estrés térmico real. En un Mundial de junio-julio en Norteamérica, con media docena de sedes que superan regularmente umbrales peligrosos, tiene sentido, pero, como ocurre hoy en día en medicina, el mejor camino es individualizar la situación en cada contexto.
En Monterrey, a 33º C, hagámosla; en Vancouver a 22º C, pues quizá no es imprescindible… Hay que actuar con rigor. Aplicarla en un estadio climatizado crea la apariencia de proteger cuando, en realidad, se está interrumpiendo el partido sin una justificación fisiológica sólida.
Ahora que ha acabado la pausa de hidratación, vamos a seguir viendo el partido de Alemania y Paraguay a ver si sigue cumpliéndose aquello de “El fútbol es un deporte en el que juegan 11 contra 11 y siempre gana Alemania” que dijo Lineker.
David Barastegui.
Traumatólogo deportivo Instituto Cugat Barcelona
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